El Crepúsculo de los Dioses (por @israelloranca)

La magnitud del fracaso está íntimamente ligada al riesgo del desafío. Este axioma irrefutable convierte la eliminación de la selección española de basket en el mayor fracaso del deporte español del presente siglo.

El baloncesto español ha asumido durante los últimos años el reto de derrotar a cualquier Team USA que se le presentase delante. Y lo ha hecho de una forma tan natural, que más allá de las medallas conseguidas y del valor de éstas, el verdadero éxito de esta generación ha sido hacerle creer al mundo que los dioses pueden ser derrotados. Y han estado tan cerca de conseguirlo que su enseñanza perdurará más tiempo que el recuerdo de sus victorias.

Desgraciadamente, la vida real no suele brindar la oportunidad de decir adiós en un final made in Hollywood. El papel couché, los flashes y los fuegos artificiales suelen quedar para los 35 milímetros. La generación del 80, encabezada por Pau Gasol y Juan Carlos Navarro, ha tenido una despedida mucho más triste de la que ha merecido su impecable trayectoria. Porque no nos engañemos, y no nos dejemos embaucar por los palmeros de turno, el billete de metro de la generación del 80 terminaba en el Mundobasket de 2014. La parada de los Juegos Olímpicos de 2016 se sale del trazado de un vagón en el que viajan varios de los mejores jugadores de baloncesto de nuestra historia.

Y aunque siempre tratamos de adivinar quiénes serían los que nos derrotarían, resulta que no hemos acertado ninguno. La respuesta era mucho más compleja que un nombre al azar. Esta generación de jugadores ha sido tan grande que no ha venido una nueva hornada de otro país para desplazarla. Se ha muerto sola. Se ha muerto de éxito. La generación del 80 se ha suicidado por traicionar aquello que siempre respetó, las leyes del baloncesto.

Embriagados de éxito, la federación de basket, los jugadores y todos aquellos que rodeaban a este grupo humano, me refiero a los periodistas de cámara por supuesto, cometieron el mayor de los errores. Creerse imbatibles. Pensaron que eran mejores que el propio deporte. En un alarde de ingenuidad, convirtieron la preparación previa al torneo en una fiesta kitsch desagradable, la concentración en un campamento de verano y, finalmente, la figura del entrenador, en una suerte de muñeco de trapo. El resultado es haber firmado el mayor fracaso del deporte español en el siglo XXI. Hasta para perder han sido grandes.

Porque no nos engañemos, Juan Antonio Orenga, el muñeco de trapo que decidieron vestir de entrenador, no es el gran responsable del fracaso. La derrota simplemente demuestra su incapacidad para dirigir un equipo de baloncesto de élite. Para buscar al gran responsable de este disparate hay que mirar mucho más arriba. El mago de Oz se esconde detrás de la cortina. No se puede pedir más a quien no lo tiene. Orenga es un hombre de despacho, un funcionario del deporte español, un entrenador discreto que se ha visto superado a la primera oportunidad en que los jugadores no han sabido superar con su talento el problema que les proponía el rival. Porque los jugadores, por muy buenos que sean, no son entrenadores. La figura del entrenador tiene una importancia capital en el baloncesto. El técnico no es solo aquél que firma el acta. Es mucho más. Es quien marca el ritmo, quien decide los cambios y quien impregna de su rabia a los jugadores. El técnico es algo más que una tableta de última generación en una percha de 2.10. Orenga simplemente firmaba el acta. El acta de defunción de la generación del 80.

En el planto deportivo, este Mundobasket confirma el imparable declive de José Manuel Calderón, arrinconado al ficticio puesto de tirador especialista, y el estancamiento de Ricky Rubio, un jugador incapaz de colar una pelota de golf en una piscina olímpica. De un talento tan grande y precoz se espera mucho más que defender líneas de pase. Y por último Sergio Rodríguez, un talento desbordante desquiciado por el iPad del entrenador. Que España no haya sido capaz de aprovechar el estado de forma de este jugador, en plena madurez, es un error que nunca podremos perdonar a Orenga y al mago de Oz. La selección muere por no bailar al ritmo del Chacho.

En perímetro no hubo ningún jugador resolutivo. Rudy y Llull dieron una imagen muy alejada de la que dan en su equipo. Parece muy claro que el run and gun que Pablo Laso moldea en el Real Madrid potencia indudablemente las características de ambos. Algo que debería hacerles reflexionar de cara a la temporada que ya entra. Juan Carlos Navarro trató hasta donde pudo de liderar a la selección pero las piernas del genio catalán ya no están para tirar de un equipo entero. Abrines fue para pasearse y disfrutar del campamento de verano. El futuro le pertenece. Eso lo sabemos todos.

Y por último el mayor de los desastres, la zona. El juego interior que España fue capaz de llevar al Mundial solo podía ser comparado con el del Team USA. Y eso es decir mucho. Los hermanos Gasol y Serge Ibaka son parte de la aristocracia media de la NBA. No son dioses, pero conviven con ellos. Y eso es mucho cuando tienes a los tres a la vez. En el fondo del banquillo quedaban Felipe Reyes y Víctor Claver, marginados, sin oportunidad y sin confianza, en una situación comprometedora y de difícil explicación. La fatiga y la indigestión interna provocada por el nacimiento del bebé de Marc dieron al traste con las posibilidades de medalla en el partido decisivo. La gestión de los minutos sí queda en el debe exclusivo del entrenador. Un desastre que no debería haber sucedido en un equipo con la profundidad de banquillo del español. Una mina de recursos incalculables que ha quedado huérfana de explotación.

Ya solo queda dar las gracias por todo lo que esta generación ha dado al basket y al deporte español. Agachar la cabeza, entonar el mea culpa y reconocer los muchos errores que se han cometido. El futuro no es tan dorado como el pasado más reciente, porque no es posible, pero el basket español cuenta con una salud excelente que le permitirá seguir compitiendo por las medallas. En el horizonte aparece el nombre deslumbrante de Nikola Mirotic. Él y solo él debe liderar a esta selección porque el jugador de Chicago Bulls es, de largo, el mejor jugador español posterior a la generación del 80. Eso sí, con un entrenador al frente y el Team USA ya a años luz. Vuelta a la normalidad.

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